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Aquello

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Extrajo el papel del bolsillo antes de llamar. Una vez confirmado que se trataba de la dirección exacta pulsó el timbre. Un hombre bastante joven le abrió la puerta.

-¿Basilio?

-Sí.

-Le estaba esperando. Podemos empezar ya. Venga, siéntese donde le parezca más cómodo.

-Este es su piso – adujo Basilio mirando en derredor.

-Sí. ¿Algún problema?

-No, ninguno.

-Bueno, cuénteme. ¿Ya sabe cual es la tarifa?

-Sí.

-Bueno pues entonces ya podemos empezar.

Basilio Cáceres De la Hoz se había acomodado en un sillón y el psicoanalista Federico Javier Romero Bueno en una silla plegable enfrente suya, cuadernillo y bolígrafo en mano.

-Pues verá…

-Esto… ¿No le importa que tome apuntes?

-No. Para nada.

-Si no quiere, no los tomaré.

-Oh no, tómelos.

-De acuerdo. Pero que sepa que si en un momento dado…

-Entiendo.

-¡Huy, me olvidaba! – Federico se levantó rápidamente, abrió un cajón y sacó una caja de pañuelos, que dejó en una mesa cerca de Basilio. – Es por si acaso. Si necesitara usted desahogarse en un momento dado…

-Ya, pero, doctor…

-Fede, llámeme Fede.

-Prefiero llamarle doctor.

-Como desee. Cuando quiera, ahora sí, podemos empezar.

-De acuerdo. Comenzaré mi historia.

“No vengo aquí para soltar mis neurosis. Vengo para contar una historia increíble, en el sentido más literal de la palabra. Necesito soltársela a alguien y como se la cuente a quien se la cuente me tomará por loco, he decidido venir a contársela a usted.

Mi vida era sencilla. Yo trabajaba de taxista y, créame, había oído las cosas más increíbles del mundo. Nada comparado con lo que habría de sucederme. Le parecerá una paranoia o como quiera que sea el término exacto, pero el caso es que desarrollé un don. Por algún motivo, soy capaz de percibir el alma de quien tengo a mi lado. Ahora mismo puedo percibir su alma. Pero no crea que esto significa que soy capaz de leer la mente, ni nada por el estilo. Eso es ficción… Tiene gracia que aún sea capaz de hablar de ficción y realidad… Lo que quiero decir es que, de algún modo, percibo que usted es un hombre, joven y vital… Probablemente sea yo el primer cliente que tiene. Seguro que está empezando a ejercer de psicoanalista. Sin embargo, a mí no me importa. De hecho lo prefiero así, pues cuanta más necesidad tenga de clientela, más atención le prestará a mi historia.

Yo me casé bastante joven. Y mi esposa es más joven que yo, todavía. Ella tenía veintidós años y yo veinticuatro. Sé que en otro tiempo este matrimonio no se calificaría de joven, pero en los tiempos que corren la gente se casa más bien cerca de los treinta. Usted mismo no creo que tenga pensado casarse hasta, por lo menos, dentro de siete o diez años…. Pero yo me casé joven. Y no es que me arrepienta, ni mucho menos. Pero quizá si mi esposa y yo hubiéramos tenido algo más de madurez nada habría pasado. Sin embargo, esta inmadurez la aprovechó el Maligno para actuar en nuestra contra.

Un día volvía de trabajar, cuando me encontré a mi esposa hablando con un hombre. Pero no era un hombre, sino un Diablo. Una encarnación del Demonio. Podía percibir claramente la negrura de su alma. No había claridad allí, sólo mal, sólo tinieblas… Lucifer…”

-Un momento, por favor… – el psicoanalista apuntaba cosas en la libreta – negrura… tinieblas…Lucifer… Prosiga, por favor.

“No es una locura. Ya le digo yo que no lo es. Pero apunte si quiere: El Mal encarnado. Eso era aquel hombre. No tenía aspecto de demonio, ni siquiera en sus finos modales podía percibirse nada reprobable. Era un Falso Amigo de mi esposa. Una de estas personas con las que puedes pasar una buena tarde, viendo una película o charlando sobre fútbol. Pero alguien a quien no le pedirías que se jugara una mano por salvar tu vida, pues él no se jugaría ni un mechón de su cabello.

El Diablo no tiene forma ¿sabe usted? Es sutil, muy, muy inteligente. Se disfraza de bien, de bondad, de amor, de verdad… pero tras el disfraz sólo hay mal, maldad, rencor, mentiras… Y para atacar a mi familia se disfrazó de Falso Amigo. Buscó nuestras debilidades y por ahí introdujo el Mal. Por eso es importante lo de nuestra juventud.

Teníamos entonces veinticinco y veintitrés años, y una hija de uno. El Falso Amigo tenía más o menos nuestra misma edad. En nombre, falso, de la amistad, se dedicó a repetir, una y otra vez, que éramos jóvenes, que todavía estábamos a tiempo de vivir como jóvenes, de divertirnos, de conocer mundo…

-Estuve en Grecia – dijo -, el mes pasado. Allí conocí a una griega espectacular. Una morena de densa guedeja, mirada profunda, tez clara y un cuerpazo increíble. Pasé tres noches aplacando su pasión, tres inolvidables noches, tras las cuales ella me pidió que desapareciera y que sólo la tuviera, desde entonces, en el recuerdo. Así lo hice. No me até a ella. Gracias a esto, visité Francia y pude conocer a una gabacha, también morena, pero de ojos azules… de ascendencia inglesa. ¿Para qué contar más? He viajado y he sido libre. Comí la mejor pasta en Italia y los mejores filetes en Argentina y las mejores salchichas en Alemania. Bebí vinos franceses que superan incluso a los mejores vinos de nuestra querida España. Y también he bebido los mejores vinos de este país, por lo que sé de lo que hablo. ¿Cómo deciros…? Como amigo, veo que os estáis perdiendo la mejor época de la vida. Sois jóvenes y la vida es algo más que trabajar y cambiar pañales. El mundo está ahí fuera esperándonos. No os encerréis en este piso enano… En nombre de la amistad, os digo que aprovechéis vuestra juventud.

A mí, aquellas palabras no me hicieron ningún efecto. Yo, por muy joven que fuera entonces y por muy joven que sea ahora, cinco años más tarde, no deseo ni deseé nunca viajar. Ni comer salchichas…”

-Un momento… comer… salch… Puedes continuar.

“Tampoco me parecen tan entusiasmantes los viajes que contó. Tengo a la mujer más hermosa del mundo, que me ama y que comparte su vida conmigo. Juntos hemos engendrado a una hija preciosa y actualmente está embarazada… ¿Para qué necesito yo a una beldad griega? No me atrae. Ni siquiera el exotismo que este Falso Amigo quiso darle… Por cierto, desde aquel día desapareció de nuestras vidas. Aunque el mal estaba hecho. Como digo, Lucifer no se disfraza de sí mismo, sino de su contrario. Él pone el mal en el plato y nos acerca la cuchara. Luego deja que seamos nosotros quienes nos comamos la sopa. Y no creas que la sopa está fría. Humea y desprende un olor sabroso. Es muy difícil resistirse.

Mi esposa siempre fue más joven que yo. Y no me refiero sólo a los dos años de edad que nos diferencian. Me refiero a su forma de ser. A ella sí le atraían aquellos viajes exóticos, la aventura, los paraísos lejanos… Desde que el Falso Amigo emponzoñara su corazón, ella siempre venía mirando folletos de viajes, pensando en coger el avión para ir un fin de semana a un sitio, un mes a otro… Hasta que un día me la encontré con la maleta hecha y una frase en la boca:

-Soy muy joven. Quiero vivir y gozar de mi juventud.

Y así nos abandonó a Clara y a mí.

Pensarás llegado este punto que el dolor producido por el abandono de Marta es el que me hace hablar del Diablo y el Mal. Pensarás también que mis posibles neurosis o paranoias o lo que sea… tienen que ver con ello. Pero, doctor, le repito que nada más lejos de la realidad. Estoy tan cuerdo como usted.

Quizá dude de las leyes de la física, de la biología y demás ciencias. Pero nada tiene que ver con la locura. Si usted supiera lo que aconteció después, ni tan siquiera se atrevería a hablarme de ciencia, de realidad, de ficción…

El mundo que yo conozco es muy distinto al suyo. Lo que sucedió posteriormente deja pequeños estos hechos. Por muy difícil que me fue soportar el abandono de mi amada esposa… por mucho que me costó seguir adelante con mi pequeña y adorada hija, nada se puede comparar con… Aquello. Le repito que lo que sucedió después va más allá de lo que los hombres cuerdos creen posible o real. Pero doctor, sé que si se lo cuento de golpe será como hablarle a una pared. Tengo la impresión de que por hoy ya he dicho bastante.”

-Bueno, apenas llevamos cuarenta minutos. Si lo desea todavía podemos continuar un rato…

Don Basilio Cáceres De la Hoz no hizo caso y se empeñó en marcharse. Quedaron para el jueves de la semana siguiente. Don Federico Javier Romero Bueno aprovechó para buscar clientes, repartiendo octavillas por los buzones de los edificios colindantes. Había uno en concreto que le llamaba la atención. En mitad de la fachada, la cual estaba anegada de ventanas de pisos, había un trozo que parecía más nuevo que el resto. Los ladrillos estaban como más limpios y la ventana parecía haber sido reconstruida recientemente. Aunque no pensaría en ello hasta un tiempo más tarde.

Tuvo suerte de encontrar a tres neuróticos que deseaban tratamiento. Pero a pesar de que ya no se trataba de su único cliente, esperó la llegada del jueves con nerviosismo.

-Hola Basilio. Acomódese. ¿Quiere usar el lavabo? ¿Quiere un té, un zumo, un vaso de agua?

-No, nada, gracias.

-Cuando desee empezar…

-Continuar querrá decir.

“Durante unos seis meses me sentí sólo, vencido. A pesar de ello encontré fuerzas para seguir adelante. Mi hija empezaba a hablar y la palabra que más repetía era ‘mamá’. Yo la llevaba a la guardería antes de coger el taxi y la sacaba una vez finalizada la jornada. Pero mis jornadas dependen de la clientela. Hay días en que llegaba a recogerla cuando todos se habían ido. Y para colmo soy un pésimo cocinero.

Cuando se cumplía el sexto mes, una mañana, me llamaron al taxi desde la central. Que había ocurrido algo en la guardería, que fuera a recoger a mi hija. Y ahí empezaron los horrores. No me fijé entonces, pero según averigüé después aquella mañana el cielo había estado cubierto por densos nubarrones. Creo recordar que por la tarde llovió con fuerza. Lo que sí guarda mi memoria es que fue un día con escasez de luz, porque tuve que llevar las luces del taxi encendidas y la mayor parte de los coches hicieron lo mismo.

Al llegar sacaban a la tutora entre dos personas, dirección a una ambulancia. Se encontraba fuera de sí. Lloraba y temblaba, convulsionándose al tiempo que repetía:

-Las garras, las garras…

Algunos niños de la clase de mi hija también lloraban y los empleados de la guardería no daban abasto para consolarles. Según me explicó la directora, algo había chocado contra la ventana del aula. Me mostró cómo había quedado la pared, hundida hacia el interior, con la pintura completamente desconchada y algunos ladrillos partidos. Los cristales y el marco del ventanal se esparcían destrozados por el suelo. Había una escoba y un recogedor, pero por lo visto alguien aconsejó dejarlo todo tal cual para que la policía pudiese investigar. La guardería fue cerrada durante unos meses y mi hija estuvo alterada las tres o cuatro semanas siguientes. Tuve que dejar el taxi. Lo hablé con el coordinador y me dijo que si lo deseaba podía tomarme unas vacaciones, que me lo descontarían en verano. Acepté y cuando mi hija se hubo calmado decidí coger la carretera en dirección a Valencia, donde vive mi hermano con su esposa. Unas vacaciones cerca de la playa podían estar bien. Ni que decir tiene que la policía no llegó a resolver nada. La pobre mujer que cuidaba de los niños cuando aquello pasó fue ingresada en un manicomio. Aún sigue allí. Puede comprobarlo si quiere. Déme su cuaderno….”

Basilio escribió una dirección y un número de teléfono.

-Son los datos de la guardería. Ahí le confirmarán lo que digo. Aunque mucho me temo que no querrán hablar de ello. Durante el viaje a Valencia ocurrió el siguiente episodio, pero opino, doctor, que será mejor dejarlo para la semana que viene.

-He de confesarle algo, Basilio. De los cuatro clientes que tengo, es usted quien me cuenta las cosas más extrañas. Creo que no debería decírselo, quizá sea mi falta de experiencia, pero realmente su historia me intriga. Seré sincero: No sé si se la está inventando o realmente me cuenta lo que piensa que le ha ocurrido. Esperaré ansioso su próxima visita.

-¿No desea comprobar lo que le digo sobre la guardería?

-No creo que sea necesario, pero quizá lo haga… ya veremos.

Federico Javier aguantó bastante poco. El lunes se presentó en la guardería. Le atendió una mujer joven. Llevaba escaso tiempo allí. Le explicó que era psicoanalista y que tenía un paciente que le estaba hablando de unos hechos acontecidos haría casi cinco años. La joven llamó a la directora, quien fue inmediatamente a recepción, a encontrarse con Federico. Se trataba de una mujer de mediana edad, enérgica.

-¿Es usted el psicoanalista? Sígame.

Le condujo hasta un patio vacío y allí le preguntó por el motivo de su visita.

-Según un paciente mío, hace cinco años algo se estrelló contra la fachada, justo contra la ventana de un aula donde estaba una cuidadora con algunos niños. La mujer perdió el juicio y, según cuenta mi paciente, continúa encerrada en el psiquiátrico.

La otra respondió con gravedad.

-Comprendo su curiosidad. Pero le aconsejo que no remueva las cosas o encontrará Aquello que nadie desea encontrar. Dígale a su paciente que lo olvide. Es lo mejor para todos. No le haré perder más el tiempo. Sepa que ningún testigo desea recordarlo.

-Al parecer mi paciente sí.

-Se equivoca. Su paciente lo que quiere, seguramente, es soltarlo. Desprenderse de la pesadilla. Y ahora, por favor…

“Decidí salir de madrugada, para evitar los atascos. Serían las seis y cuarto, aún de noche, cuando ocurrió. Llevaba ya unos cuantos kilómetros recorridos por la nacional. Clara dormía en el asiento para niños. Apenas la desperté al meterla en el coche. Yo llevaba en pie desde las cuatro. Primero bajé las maletas y luego la cogí en brazos, procurando que siguiera durmiendo. Sólo un momento abrió los ojos para mentar a su madre y al verme sonrió y se volvió a dormir. Pero el eco de su voz resonó por el garaje y… ¿Recuerda el don del que hablé el otro día? Puedo sentir el alma de los demás. Pues me pareció sentir el de mi esposa en algún lugar no muy lejano. Me había pasado más de una vez. El sentimiento de que mi esposa me aguardaba, me había perseguido durante un tiempo. Yo pensaba que se trataba de la melancolía que me producía su ausencia. Pero en aquel instante no fue melancolía. Y probablemente nunca lo fue. Creo que mi esposa nos aguardaba, de un modo u otro. Pero como digo, lo importante ocurrió cuando ya llevaba un buen rato de viaje, bajo el cielo de Castilla.

Como había previsto, encontré la salida de Madrid despejada. Y al coger la carretera nacional nada cambió. Iba a una velocidad de ciento quince quilómetros por hora, más o menos. Nunca supero los ciento veinte. Y mucho menos con mi hija en el coche. Como ya se habrá dado cuenta, soy un hombre prudente, de placeres pequeños y tranquilos, alejado del prototipo de juventud actual, alocada, ebria y aventurera, amiga del riesgo inútil… Para mí, ir a ciento quince por una autovía es mucha velocidad. De hecho, iba tan rápido por los nervios. Sentía alejadamente la presencia de mi esposa, la cual se iba acercando. De algún modo eso, en vez de alegrarme, me inquietaba. Sabía que lo que sentía no podía ser real. Nunca he sentido una presencia de ese modo. Imagínese que usted, de pronto, fuera capaz de oler lo que se cocina a quinientos o mil metros de aquí. Yo, normalmente, sólo siento la presencia de las almas cuando las tengo cerca. Incluso en ocasiones ni las percibo hasta que no veo a la persona y centro mi atención en ella. Sé que parece absurdo hablar de un don así. Es usted libre de opinar como quiera.

El alma de mi esposa iba acercándose. Nos encontrábamos en mitad de las llanuras castellanas, bajo un cielo estrellado, sin luna. Fue cuando miré el reloj y vi que pasaban de las seis. Entonces las estrellas parecieron perder su brillo y una sombra tapó la carretera. Fue una suerte, porque frené y eso hizo que el inminente impacto fuera más leve. Tras el choque todo fue caos… Apenas recuerdo lo que ocurrió y no quiero recordar más. De hecho a veces me espanto de lo poco que mi memoria me revela. Sé que sonó un grito, profundo, como de mil voces que eran una sola. Agudo y grave a la vez. Clara se despertó sobrecogida. Luego una sacudida brusca, un impacto seco. Entonces debí perder el conocimiento. Lo siguiente que recuerdo es dolor y sangre por todo el cuerpo, mientras me arrastraba afuera del coche, que se hallaba volcado, saliendo por la ventanilla del copiloto. Me costaba respirar y apenas lograba ver a través de la sangre que manaba de la cabeza…”

Basilio se levantó el flequillo y Federico Javier pudo entrever la cicatriz de unos cinco centímetros de longitud.

“Lejano, como de otro mundo, sonaba el llanto de Clara, que aún estaba encerrada en el interior del vehículo. El corazón bombeaba con fuerza, alterado. Pero a pesar de todo el aturdimiento, de todo el dolor y de toda la sangre, podía percibir el alma de mi esposa sobre el coche. Reconozco, y no me avergüenzo de ello, no me considero un cobarde por tal cosa, que en un primer momento no quise darme la vuelta. No quería ver qué había encima del coche. No quería saber qué era aquella presencia que en lo más hondo de mi corazón conocía tan bien. Pero me giré. Incluso en los instantes más aterradores la curiosidad puede vencer al miedo. Y entonces vi la cosa más monstruosa que la imaginación humana puede llegar a concebir. Un ser desproporcionado, enorme, que movía el coche buscándola. Pero sus garras eran tan grandes que no podía abrir la puerta. Las formas negras y difusas se confundían con las tinieblas de la noche. Ni el mejor de los pintores sería capaz de dibujar Aquello. No tenía ni principio ni fin. Sólo las garras que salían del cuerpo y sacudían el coche, poniendo en peligro a mi hija…. y unos ojos. Unos ojos amarillos que me miraron durante un segundo atroz… Pero entonces, cuando todo hablaba de muerte y de infierno, despuntó el sol en lontananza. La Cosa alzó el vuelo y yo terminé de perder el conocimiento.”

-Bueno, supongo que se detiene porque prefiere continuar la semana que viene.

-Así es. Por cierto, ¿ha pasado usted alguna vez por la Calle del Ajo?

-Sí.

-¿Se ha fijado que en uno de los edificios hay un piso con la fachada y la ventana más nuevas que el resto?

-Ahora que lo dice… Sí. Claro, ahora que lo dice…

-Ahí vivo.

A la semana siguiente Basilio contó:

“Salí del hospital antes de que me dieran el alta. Conozco a mi esposa y estaba convencido de que si ya había intentado llevarse a su hija dos veces, habría una tercera. A pesar del terror que me producía, tenía que enfrentarme a ella porque estaba convencido de que fuera a donde fuera no había lugar en el mundo que escapara a su alcance. Podía sentir su presencia. Por eso saqué a mi hija del ala de psiquiatría y me la llevé a casa. Hablaban de stress post-traumático. Ignoraban que llevándomela les estaba haciendo un favor. Por suerte Clara sólo tenía un par de rasguños.

Si le soy sincero nunca me consideré un hombre especialmente valiente. No obstante, mi hija era lo más importante de mi vida y por eso tuve el valor de llevármela a casa y atrincherarme allí. Pasé unos días horribles.

En el hospital me habían recetado una serie de pastillas contra el dolor. Apenas podía mover el cuello sin ver las estrellas. Cuando ponía el pie izquierdo en el suelo era como si estuviera pisando sobre fuego, pero cuando ponía el derecho era aún peor. Con los brazos no me era posible hacer ciertos movimientos. Ni tan siquiera era capaz de aguantar dos minutos de pie sin que la espalda me doliera. Con todo, decidí no tomar las pastillas. No podía permitirme estar drogado. Además, a los tres días ya no me molestaba tanto la espalda y casi podía apoyar el pie izquierdo con normalidad.

Ignoraba cuando vendría, a excepción de que lo haría sin sol, por lo que velaba a mi hija por las noches y dormía por el día. Pero era difícil. Había que bajar de cuando en cuando a comprar algo de comida. Además un día decidí adquirir un arco y tres flechas en una tienda de deportes. Como no podía cargar con mucho peso, me fue imposible abastecerme de golpe. Esto, junto con los dolores, llevaba a que realmente tuviera pocas posibilidades de dormir.

A la semana de vigilia empecé a sorprenderme quedándome dormido en la silla, pues había puesto una junto a la cama de Clara, frente a la ventana por la cual vendría ella. Siempre tenía la flecha y el arco a punto. Me parecía inhumano estar armado mientras a medio metro dormía mi niña, soltando leves, dulces, ronquidos. Por lo menos no era una pistola.

Perdí el empleo de taxista. Pensaban que se me había ido la cabeza. No paraban de hacer piadosas llamadas, intentando convencerme de que visitara a un profesional. Hasta que arranqué el teléfono.

Llegó la noche en que la presencia se intensificó. Ya casi podía mover los brazos sin sentir nada, así como girar el cuello. Pero andaba mal de sueño. Los párpados se me cerraban y las manos se aflojaban. A la una, aproximadamente, tuve que recoger el arco del suelo, pues me había dormido. Sabía que vendría antes del próximo amanecer. El encuentro tenía que ser definitivo. Pero ¿y si venía Alguien más? Pensé entonces en el Falso Amigo, en el Satanás que se la llevó de casa. Sin duda, había algo más poderoso y maligno, más aterrador que el monstruo infernal al que esperaba esa noche. El Mal en estado puro, si es que el Mal puede poseer pureza. La Oscuridad, la Eterna Tiniebla, el Fuego Negro del Tártaro… Algo absolutamente más aterrador que cuanto yo había visto y vivido. Tenía miedo. Estaba aterrado. Al lograr espabilarme por un rato, a eso de las dos, lloré como un cobarde.

Me hallaba en pleno llanto cuando la voz oída días antes en la carretera rugió hasta ensordecerme. Fue como si el infierno abriera su boca y avisara de que tragaría a cuantos alcanzara. En los pisos vecinos se escucharon ruidos y voces asustadas. Clara se despertó sobresaltada y yo me abalancé sobre ella, soltando lo que tenía en las manos y cogiéndola entre brazos. Fue algo estúpido, irracional, instintivo. Tenía la intención de sacarla de allí y llevarla a un lugar seguro… ¡ridículo!

Una vecina gritó como si le fuera el alma en ello. Yo presentí a mi esposa, cuya alma parecía más oscura que nunca. La sentí tan cerca que me quedé paralizado, sin terminar de salir de la habitación, apretando a Clara contra el pecho. Miré por la ventana y descubrí un enorme ojo amarillo. Pensé que no cabía, que no podría cogernos, que estábamos fuera de su alcance. La ventana era demasiado pequeña para ella. Al momento un fuerte golpe hizo temblar al edificio entero y yo perdí el equilibrio, con la suerte de caer de espaldas, sin daño alguno para Clara. No la soltaba por más que la niña llorase. Rogué a Dios que tuviese piedad de mí. Ella había arrancado la pared entera de la habitación. Seguía siendo un hueco pequeño para la criatura, pero cabían las garras. No sabría si decir pata o mano, pues no tenía forma de lo uno ni de lo otro. Eran garras, como dedos, medio de carne, medio de aire, medio sólidos, medio líquidos… La mano, que ocupaba la habitación entera, se acercó con la intención de arrebatarme a Clara. Yo grité:

-¡Pero acaso te has olvidado de que es tu hija?

Y todo cesó de golpe. Las garras, el ojo, las tinieblas… Mi hija lloraba y no era la única. Más de un vecino la acompañaba. A través de las paredes se seguían escuchando las guayas de las gentes aterradas. Yo permanecía mudo, mirando por el hueco que había dejado, por la pared que ya no estaba. La presencia de mi esposa había desaparecido. Nunca más volvió bajo esa forma. Tenía la seguridad de que había acabado. Pero me quedaba el sabor de que aquello sólo había sido un capítulo más en la Historia del Maligno. La famosa punta del iceberg. ¿Qué había detrás?

A la mañana siguiente la policía encontró a Marta desnuda en un pajar. No recordaba nada. Ni siquiera recordaba al Falso Amigo. Y creo que es lo mejor que le podía ocurrir. Por desgracia, encontraron el cadáver de éste en el mismo pajar. Estaba despedazado. Algo le había destrozado el cuerpo, esparciendo sus restos. Supe que era él porque la cabeza, cortada, se había mantenido intacta.

Durante más de dos años han intentado relacionar a mi esposa con el difunto. Incluso me han intentado relacionar a mí. Finalmente, al no hallar pruebas de ningún tipo, concluyeron que ni mi mujer ni yo podíamos haberle matado.

Si continúo viviendo en el mismo lugar y si no he tratado de hacer recordar a Marta, todo ha sido para protegerla. Cuantas menos preguntas se haga acerca de lo que ocurrió, mejor. Creo que Clara olvidará los hechos, aunque algunas noches aún se despierta sobresaltada. Estoy convencido de que con el tiempo los considerará una mala pesadilla en una noche indigesta. Yo, cada vez que me pregunta, niego que tales cosas hayan sucedido. Pero me cuesta mucho mentirle. Y la pared y algunos dolores y cicatrices que aún perduran en mi cuerpo… son vestigios de lo que ocurrió realmente; nunca los podré borrar. Pistas que ponen en peligro el secreto.

De vez en cuando no puedo evitar preguntarme: ¿Qué había detrás de todo? ¿Qué convirtió a mi esposa en Aquello? Todas las noches rezo y pido no llegar a descubrirlo.”

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