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El mono y el premio

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Cuando el presentador del concurso dijo su nombre, el mono se empezó a saltar loco de alegría. Las cámaras le enfocaron y el público se puso en pie para aplaudirle. Sonaba una música de enfervorecido triunfo que le extasiaba aún más y del techo del estudio caían millares de papelitos de colores. Todos sonreían y se congratulaban mutuamente. Un coche brillante esperaba en una plataforma que daba vueltas sobre sí. Incluso los demás concursantes le felicitaron sonriendo hipócritamente, como habría hecho el mono de haber sido otro el ganador. Pero no, no eran ellos, sino él quien se había llevado ese magnífico coche. Y, entre saltos de alegría y besos lanzados a todo el público, llegó hasta el presentador, que era quien tenía las llaves. Este caballero, adecuadamente trajeado, le tendió un micrófono y empezó a decir estupideces y a hacer preguntas sentimentales:

-Me encanta regalar premios. Me encanta hacer feliz a la gente. ¿Cómo te sientes, señor mono? ¿Creíste que podrías ganar? ¿Qué vas a hacer con el premio? ¿A quién se lo dedicas?

-Esta sensación es indescriptible, no puedo, no puedo… ¡Ay, Dios mío, que he ganado! Estoy… ¡Uauh! Es increíble. No puedo, de verdad que no puedo… Tengo ganas de llorar, de cantar… Buff, ¡madre mía, madre mía…! Esto es…

-Traigan un vaso de agua, para que se tranquilice un poco…

Los azafatos que vestían de chaperos trajeron un vaso de agua y el mono se lo bebió lentamente. El presentador, viéndole más calmado, repitió la pregunta:

-Bueno, ahora que estamos todos más tranquilos, ¿qué? ¿Cómo te sientes? ¿Qué te parece el premio?

-No sé qué decir… De verdad que no puedo expresarlo con palabras, porque este… Este coche es con el que yo siempre había soñado…

Nada presagiaba lo que iba a ocurrir y, sin embargo, ocurrió. Al presentador se le cruzaron los cables, un impulso eléctrico recorrió su cerebro y, por primera vez en mucho tiempo, nació una idea. Fue una idea un tanto extraña, una idea única. Lógicamente, pues estaba sola en aquel inmenso espacio durmiente. Y como por primera vez había algo ahí dentro, el presentador se sintió en la necesidad de sacarlo. Así es como llegó la desgracia. Acercándose al micrófono y guiñando a la cámara como de costumbre, preguntó:

-¿No es un poco estúpido, infrahumano, soñar con coches?

Luego tendió el micrófono para que el mono respondiera. Al hacerlo sintió una punzada en el pecho. El tiempo pareció detenerse. Se hizo el silencio más absoluto. Incluso el confeti que caía del techo se quedó suspendido, inmóvil. Los ojos de los individuos del público estaban abiertos como platos; las manos de los técnicos, productores y directores, que se ocultaban tras las cámaras, habían subido hasta sus caras y cabezas. Sabía que se había equivocado, pero ya no había marcha atrás.

Efectivamente, cuando el tiempo recuperó su decurso, lo terrible aconteció.

El público había dejado de aplaudir. Los técnicos le pedían que diera paso a publicidad y el mono… El mono le miró un par de segundos, dubitativo. Luego le explotó la cabeza.

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