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Hormigas Pérez

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El hormiga Primero Pérez miró hacia arriba. Los granos de azúcar tenían que provenir de la parte alta del armario. Todos los miembros de la tribu estaban seguros de ello, pero nadie se atrevía a subir. El invierno se acercaba. Quedaba poco tiempo para conseguir las provisiones necesarias. Si no las lograban, este sería su último invierno. Sin embargo, el azúcar era una meta arto complicada.

Primeramente había que trepar por aquel mueble perfectamente pulido, sin recovecos donde apoyarse. Luego había que colarse en el azucarero, que, según los ancianos, era cristalino y menos rugoso, aún, que el armario. Y, finalmente, había que extraer los granos de azúcar uno a uno, dejándolos caer armario abajo. Todo con el óbice de tener que actuar por la noche, pues por el día era totalmente imposible: La familia dueña del piso era numerosa y glotona. Sus miembros se pasaban todo el día entrando en la cocina y engullendo dulces de todo tipo. Además, por si hubiera pocas dificultades, no parecía existir un camino de regreso fiable.

-No lo intentes. Es imposible. Te matarás durante el ascenso. O te terminarán descubriendo y espachurrando.

Al lado del hormiga Primero Pérez se encontraba su hermano de padre, Segundo Pérez y le aconsejaba no subir. Primero Pérez estaba completamente dispuesto. Ya había salvado a la tribu en ocasiones anteriores. Era todo un héroe para la mayoría y un temerario para el resto.

-Es arriesgado, pero ¿queda otra opción?

-No lo sé. Los ancianos están reunidos buscando una solución. Si sobrevivimos a este invierno, la tribu marchará a un lugar más próspero.

-Si sobrevivimos a este invierno…

-No lo hagas, por favor.

-Será esta noche. Espérame en la entrada del hormiguero. Ya he encontrado un camino posible. Cuando empiecen a caer los granos de azúcar, corre a avisar al resto. Recogéis lo que caiga y os volvéis a las cavernas a todo correr. No me esperéis. ¿De acuerdo?

-Confiaba en convencerte de que no lo hicieras… Bueno, si lo logras no seré yo quien falle.

Anocheció. Primero Pérez salió del escondrijo y comenzó la escalada. Despacio, con mil precauciones. Cada centímetro que resbalara supondría un nuevo esfuerzo para las pocas fuerzas con que contaba. Dada la escasez de alimentos, no se hallaba en la mejor forma. Aun así, poco a poco, iba avanzando. La oscuridad era casi total. Se escuchó un ruido en el interior del hogar. Alguien se había levantado. Desde abajo Segundo gritaba, rogando a su hermano que retrocediese. Pero Primero no podía permitirse dos intentos. Las fuerzas ya le estaban empezando a abandonar y quedaba muy poco para alcanzar la meta. Se pidió un último esfuerzo, prosiguió como pudo. El peligro parecía difuminarse en el sonido de la cisterna del inodoro. Todo marchaba, pues, viento en popa.

-¡Estoy arriba! Voy a descansar un poco y luego intentaré subirme al azucarero… – informó, desde lo alto, a su hermano.

-¡Ten cuidado! Escóndete por si acaso, no vaya a ser que venga alguien.

-Tranquilo, lo conseguiremos. Ya verás.

Una vez repuesto de fuerzas, Primero Pérez emprendió la escalada del azucarero. A tientas tenía que buscar algún sitio donde aferrarse. Desde abajo no se veía el recipiente y por ello, ahora, debía improvisar un camino. A la dificultad de desconocer el terreno y carecer de iluminación, había que añadirle que aquello era de cristal; es decir, casi invisible por la noche y prácticamente liso. Cualquier otro lo hubiera dado por imposible, pero Primero era incansable. Solía decir: “Yo nací en la noche y todo el mundo me habló de la hermosura del día. Me pareció imposible, hasta que amaneció y comprobé que era cierto”. Encontró la forma de escalar el tarro. Pero, cuando se encontraba a un paso de lograr su objetivo, resbaló y cayó al estante.

-¿Qué ocurre, va todo bien?

-No. He perdido una pata y las demás me duelen horriblemente. Apenas me puedo mover.

Se despertó alguien.

-¡Corre, escóndete! Vamos, escóndete…

-No puedo… Estoy inmovilizado. Si se dirige hacia aquí estoy perdido. Me parece que esta ha sido mi última aventura…

La luz de la cocina se encendió. Segundo se introdujo en la entrada a las cavernas, que era una pequeña grieta en la unión del suelo y la pared. Unas gigantescas patas se detuvieron junto a la grieta. El estruendo de la voz humana resonó en los oídos de Segundo. Seguidamente, un golpe seco hizo retumbar todo el armario del azúcar. La enormidad deglutió algo y se alejó de allí. Oscuridad nuevamente. Segundo, alarmado, gritó el nombre de su hermano y no hubo respuesta. Desesperado intentó trepar precipitadamente y esto le hizo caer. Se dio una costalada que no le impidió intentarlo otra vez. Hubo varios intentos más. Finalmente Segundo tuvo que aceptar la evidencia. Su hermano había fallecido. Fue a comunicárselo a los ancianos.

-Era un temerario. Tenía que ocurrir tarde o temprano.

-Pero nos salvó la vida en más de una ocasión. Su temeridad ha permitido sobrevivir a la tribu en los momentos más difíciles.

-Realmente es una desgracia. Por él y por nosotros. Probablemente todos correremos su misma suerte…

Los ancianos eran sabios, muy sabios. Segundo se percató en aquella ocasión de que, a pesar de su sabiduría, casi nunca encontraban soluciones para los problemas que se les planteaban. Aún no había amanecido y Segundo ya tenía tomada una decisión. Al contrario que los ancianos, él era valiente. Hacer acopio de valor era lo único que podía salvarles. Tras mucho darle vueltas, pensó que ahora entendía perfectamente a su fallecido hermano. Esperar a que surgiera alguien que les salvase no les haría hallar la solución. Había que intentarlo en primera persona. Nunca se había planteado que llegaría el momento de tener que decidir entre su vida y la de los demás. Amaneció con miedo y, al tiempo, con el alma en paz. Nunca había sentido esa sensación. Debía estudiar el armario.

Tras hallar el camino a seguir comprendió que había una forma de subir, pero ninguna de bajar. Si lo intentaba moriría irremisiblemente. Su vida habría terminado si se ponía a trepar. Aun así, se mostró decidido. Por primera vez, en toda su existencia, se sabía libre. Libre hasta las últimas consecuencias. Este pensamiento venció al miedo que le invadía. Tenía que descansar y comer algo antes de que anocheciera…

Llegó la noche. Segundo se aseguró de que no hubiera ningún humano cerca, merodeando en la oscuridad. Comenzó la escalada. A medio camino se le escurrió una pata y creyó perder el equilibro. Por suerte, todo había sido un susto. Pero, en consecuencia, el miedo le agarrotó. Si no lo lograba, la tribu moriría. No bastaba con arriesgar la vida. Aquel nuevo pensamiento petrificó al hormiga. Incapaz de avanzar, se mantuvo quedo un buen rato. Una voz le llamó:

-¡Segundo! ¿Dónde estás?

-Estoy trepando por el armario, en busca del azúcar… ¿Quién eres tú?

-Soy Tercero, tu hermano de padre.

De golpe Segundo volvió a sentirse ligero. Recuperó las fuerzas y prosiguió con la escalada, esciente, ahora, de que, si fracasaba, habría otro que lo intentaría tras él. Ya no importaba tanto morir o vivir, alcanzar la meta o no. Lo importante era allanar el camino al que viniera detrás. Así, comenzó a morder el armario según ascendía. El que le siguiese, si él fallaba, lo tendría más fácil.

En ese momento, la luz de la cocina se encendió.

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