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Jueces antes que los jueces

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Me preocupa, me preocupa gravemente. El problema no está en los casos de corrupción, sino en la cultura.

Que un inculto, el que para su desgracia no ha tenido la posibilidad de cultivarse (aun pudiendo ser una bellísima persona), opine una barbaridad, no me preocupa demasiado. Más preocupante es su incultura, que con toda probabilidad sea fruto de la injusticia que con él se comete; que la opinión en sí que haya proferido. Lo que me preocupa es cuando ciertas barbaridades se opinan por doquier, por personas de todo pelaje y condición.

Y una especialmente grave es la de hacer juicios antes que el juez. Y no hablo del comentario de bar, entre cañas, en que un amigo le dice a otro: “Fulano de Tal es un ladrón y un sinvergüenza, por esto y por esto…”, que todo ser sensato entiende en el marco de una opinión y las opiniones son opinables.

Una de las bases de la democracia es la presunción de inocencia. Vale que han estallado casos de corrupción por doquier y que se intuye que el iceberg es más grande por la parte que aún está sumergida y sin salir a flote. Vale que eso genera desconfianza. Que la confianza no es algo que se dé o se quite simplemente con sonrisas, que la “confianza” significa “fianza”, o sea “fe”. Y la fe se otorga a lo fiable, confiable, o fiel, que vienen a ser sinónimos en este con-texto (en otros puede que no, pues los matices pueden ser abismales según la situación). Y corromperse o co-romperse, separarse de aquello a lo que estabas unido, es dejar de ser fiel. Por tanto, es evidente que la corrupción/infidelidad genera desconfianza. Pero esto no puede justificar la pérdida de principios y derechos humanos, como el de la presunción de inocencia, básicos para la democracia.

Es más, vuelvo al principio, el problema no es la corrupción, sino la cultura, o mejor dicho, la incultura. La ausencia de cultura democrática.

Pensemos por un momento por qué las leyes son necesarias, qué sentido tienen. Seré breve en esto: la utilidad de la ley es que todos actuemos conforme a ella, con el objetivo de convivir en paz y armonía los unos con los otros. Si esto no es así, la ley entonces es sólo un yugo que oprime al hombre. Pero, si es así, entonces la necesidad de leyes viene dada por nuestras limitaciones a la hora de convivir en paz y armonía los unos con los otros.

He aquí donde entra la importancia de la cultura: A mayor cultura democrática, más capacidad de convivencia y, por tanto, menos necesidad de leyes.

La ley (siempre desde el plano teórico de que los que las hacen fueran buenos, honrados y sabios; teoría demasiado teórica, pero necesaria para expresar lo que quiero expresar), la ley, retomo, viene a cubrir nuestras limitaciones humanas. Estas limitaciones son de dos tipos: las del fallo y las de la falta. El fallo es un error, una incapacidad, puede producirse con motivos bienintencionados. La falta, en cambio, es una maldad. Pequeña o grande, la falta tiene que ver, en su esencia, con malas intenciones. Falta es saltarse las reglas del juego. Es, en última instancia, corrupción.

Las faltas aumentan cuando flaquea la conciencia. Y la conciencia colectiva es la cultura que compartimos. Lo que está culturalmente bien visto y lo que no, lo que culturalmente es aceptable y lo que no…

Al fallarle (o faltarle) fuerza moral a la conciencia colectiva, la permisividad con el mal aumenta. Pero esta permisividad no se anula a base de legislar severamente. Porque con leyes severas lo que se consigue es miedo a la ley, no repudio del mal. Que son cosas distintas. Y como las leyes no son perfectas (y bajo aquí de la teoría a la práctica), a leyes más severas, más inocentes condenados.

Por eso es preocupante que cada vez haya más consenso en comparar al condenado con el imputado. Tomar medidas contra personas y/o instituciones que son sujeto de investigación, pero que aún no han sido condenadas ya que su culpabilidad está por ver, es algo muy grave.

Estamos jugando a ser jueces que condenan antes que los jueces profesionales, los que tienen que analizar todo lo que rodea al caso, para discernir con claridad la inocencia de la culpabilidad. Análisis en profundidad que, por supuesto, no hacemos.

Sin embargo, que yo cuente un chascarrillo con un amigo no es demasiado grave. El problema es que yo me presente como político perteneciente a tal o cual partido ante la opinión pública y, no como cotilla en un bar sino como representante político, lance diatribas contra los imputados del partido rival o de otro lugar, tachándoles de corruptos. Y, peor aún, que exija medidas contra dichos imputados.

Reflexiono que esto es consecuencia de no querer atacar la raíz del mal: una cultura que acepta como normal defender a “los míos” contra los que no son “los míos”, independientemente de si “los míos” son los injustos o los injustos son los otros. Una cultura que acepta el mal propio como tolerable, siempre y cuando no me dañe a mí y a los míos.

Como no se quieren objetivar la Verdad, la Justicia, la Razón, como en la cultura actual se pone en primer lugar el sentimiento (o peor aún, la sensación), el relativismo, el subjetivismo… Como se impone mi verdad a la Verdad (mi pequeña y falsa verdad, a la gran y verdadera Verdad)… No es posible tomar medidas reales contra la corrupción.

Ante esta imposibilidad, por pura matemática (si no se hace lo que se debe, entonces, lo que se está haciendo es lo que no se debe), se ataca la corrupción generando más corrupción. Porque si aceptamos que podemos condenar al partido rival por sus imputados, no por sus condenados, llegamos al absurdo de que una formación política pueda ser totalmente determinada por las acusaciones (presentando cargos en un juzgado) que de ella haga la formación rival, sin necesidad de que esas acusaciones sean verdaderas.

Pero es peor que se acepte “imputado” como sinónimo de “condenado” entre la gente “de a pie” porque, por la misma regla de tres, puede llegar el día en que cualquiera sea condenado por la mera difamación de otro cualquiera. Y así, ¿qué democracia cabría? Ninguna. Es más, estaríamos (si no lo estamos ya) justificando la necesidad de un dictador.

Por eso es por lo que me preocupo.

PD: No he votado nunca, ni creo que vote jamás, a ninguno de los partidos de las Tortugas Ninjas. ¿Recordáis los colores de los antifaces de las Tortugas Ninjas? Era la única forma de distinguirlas.

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