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Cristo y los relatos que llegan al corazón

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Para que un relato llegue al corazón del lector o del espectador debe contener una serie de cualidades. Una cualidad fundamental es “tener un buen argumento”. Esto es tan obvio y tan ambiguo, que decirlo y no decir nada hay momentos en que puede ser lo mismo.

El problema está en resolver el significado de las tres palabras mágicas: “un buen argumento”. ¿Qué es un buen argumento?

Actualmente hay muchos estudios, estudiosos, talleres y maestros que hablan de las claves que hay que introducir en un relato para escribir un buen argumento. A mí, la verdad, casi todas esas “claves” me dan cierto repelús y siempre las he descartado de plano. Pero hay otros a los que les puede servir. No voy a entrar a valorar dichas claves, porque tengo una teoría propia que, acertada o no, a mí cada día me convence más. Y hasta que no encuentre nada que la tire abajo, creo que lo honesto es mantenerla.

En primer lugar, para escribir se necesita tener algo que contar. Por eso los grandes escritores suelen ser gente que ha sufrido mucho en la vida. El que vive en su burbuja feliz a costa del trabajo de los demás no puede contar nada interesante, por mucho talento que posea.

De hecho, para tener algo que contar me parece a mí que hay que padecer o compadecer (padecer con). Es curioso recordar que mi abuelo afirmaba exactamente lo mismo para el cristianismo. Él decía que el cristianismo no es para todos, sino para el que padece o para el que compadece. Esto no es casual y esa relación entre narrativa y cristianismo es lo que voy a tratar de explicar en este artículo, porque creo que en el segundo se encuentran algunas de las claves de la primera.

Llevo desde niño haciéndome la siguiente pregunta: ¿en qué consiste un buen relato? Siempre di por supuesto que es la pregunta obvia que se hace todo narrador vocacionado, pero la vida me ha hecho descubrir que nunca hay que dar las cosas por supuesto.

Durante muchos años me respondí que un buen relato no debe seguir unas reglas determinadas, sino que depende mucho más del talento, la inspiración, la experiencia y el esfuerzo que ponga el narrador. Que unas reglas en manos de un narrador pueden llevar a un relato brillante, mientras que esas mismas reglas, en manos de otro, conducen al absoluto fracaso. Que hay demasiados intangibles y demasiados inefables como para tratar de encorsetar la creatividad del narrador talentoso y vocacional. Obsérvense los adjetivos que añado a “narrador”. Porque el talento y la vocación existen. No es cierto que todo el mundo pueda aprender a contar historias, ni tampoco que todo el mundo deba contar historias. El que tenga talento y vocación para la física o la medicina, que se dedique a la física o la medicina. El que tenga vocación de biblioteconomista, que se haga biblioteconomista… Toda profesión es digna y maravillosa, si se desarrolla desde la vocación y en función del bien común.

Pero quedarme aquí sería decir una verdad a medias. Porque precisamente un intangible como la experiencia me ha hecho descubrir una cosa: Gran parte de los grandes éxitos comerciales, sobre todo de cine, pero también en el ámbito de la literatura, y no sólo los éxitos comerciales, sino muchos relatos desconocidos que nos tocan el corazón al descubrirlos; tienen un una estructura muy definida. A veces, está tan definida que resulta artificiosa. Es parte de la responsabilidad del narrador hacer que esa estructura fluya de manera natural. Tal estructura consiste, básicamente, en las etapas de la vida de Cristo: vida, pasión-muerte y resurrección.

Mis abuelos lo resumían de la siguiente forma, cuando hablaban de una peli “de vaqueros”: al principio parece que va a ganar el malo pero, al final, gana el bueno.

El darme cuenta de que las etapas de la vida de Cristo, llevadas al cine más o menos disfrazadas, tocaban el corazón del espectador, me hizo plantearme si ese era el único tipo de argumento que llegaba al corazón, o había más. Y descubrí que hay más (aunque no muchos), pero que todos están relacionados con Cristo.

No hablo para cristianos, ni siquiera para creyentes de otras religiones. Esto lo planteo a cualquier lector. Tanto si es cierto que Cristo fue verdadero Dios como si fue un estafador, es innegable que la narrativa que nos conmueve tiene que ver con:

  • Las etapas de la vida de Cristo (vida, pasión-muerte y resurrección). Ejemplos:
    1. Películas de acción/aventuras: El bueno (o quien represente al bien) va haciendo un recorrido, no vamos a concretar aquí, que representa la etapa de la vida… hasta que se enfrenta al mal en la batalla final (si me apuras, incluso puede haber un momento de paralelismo con Cristo entrando en Jerusalén, siendo jaleado por el pueblo, con ramas de olivo; o un instante de preparación, como la oración de Jesús en el huerto de los olivos). Entonces el mal empieza a ganar la batalla y el bueno (o el bien) es apaleado (etapa de la pasión), hasta el momento en que todo parece perdido (momento de la muerte). Pero justo entonces el bueno (o el bien) se recupera y derrota al mal salvando al mundo o restableciendo la paz en la galaxia (resurrección final y pascua). En Matrix el protagonista llega incluso a morir literalmente. Pero claro, Matrix (la primera peli) contiene una metáfora explícita: El prota es Neo (el hombre nuevo/el nuevo Adán/Cristo), anunciado por los profetas (el elegido); y a su muerte le resucita un beso de Trinity (Trinidad, “Dios uno y trino”), que está enamorada de él y que le afirma como el elegido (el ungido de Dios, según los textos evangélicos, resucitado por el amor de Dios). No hace falta romperse la cabeza para descubrirlo, pese a que muchos fans del orientalismo le busquen paralelismos con el Ying y el Yang.
    2. En las películas románticas… Directamente pongo el argumento genérico de miles de ellas como ejemplo: Chico conoce chica y pasan por situaciones más o menos divertidas o tiernas o melodramáticas o lo que sea (vida), sufren una crisis (pasión), terminan separándose (muerte)… y al final se reconcilian (resurrección).
  • La conversión de los Apóstoles. Como mayor exponente podemos afirmar que Pedro y Pablo renegaron de Cristo para terminar dando su vida por Él. Pero en realidad todos los Apóstoles pasaron por un proceso de conversión. El único que no aceptó convertirse fue Judas, que se terminó suicidando. Se habla del “arco de guión” para tratar de la transformación en las convicciones de un personaje, pero realmente no hay historia que merezca la pena en la que los personajes acaben igual que como empezaron. Ejemplos de conversión: Don Juan Tenorio, Los miserables. Ambas historias tienen como eje central el tema de la conversión. Otro ejemplo: El padrino. Lo que ocurre es que el Padrino habla de una conversión en el sentido inverso: del bien, el prota camina hacia el mal. El conde de Montecristo podría ser otro ejemplo, donde el protagonista al final se convierte y perdona, en vez de consumar la venganza. Un ejemplo de lo contrario, de película que está muy bien realizada en todos los aspectos y que cuenta con un reparto actoral de primer orden… pero en la que no hay conversión ninguna, es Ocean’s Eleven. Por eso es una película que no llega al corazón, insípida.
  • Pandilla de amigos ante un reto imposible. Estamos otra vez en la vida de los Apóstoles. Se crea o no en Cristo, nadie puede negar que la pandilla de amigos que le acompañaba, gente de clase baja, pobres sin pedigrí, evangelizaron ni más ni menos que al Imperio Romano, cuando éste se encontraba en su época de esplendor y cambiaron la Historia de Occidente… y del Mundo. Películas con esta premisa, de la pandilla de amigos sin pedigrí ni medios, que logran lo imposible, hay muchas. Los argumentos pueden ir en torno a un grupo de amigos se embarca en un viaje imposible y/o sin retorno (la evangelización del Imperio les costó a los Apóstoles la persecución, la cárcel o incluso la muerte); o en torno a un equipo deportivo hecho un desastre que ante la llegada de un guía (un Cristo, que suele ser un entrenador), se conjunta y llega a ser el equipo campeón; etc..

No digo que absolutamente todas las historias que merecen la pena tengan que ver con la vida de Cristo y los Apóstoles. De hecho no trato de hacer un exhaustivo análisis del tema, porque creo que es demasiado amplio y tiene demasiadas aristas como para no terminar perdiéndome y enredándome. Sólo quiero plantearlo. Sin embargo, no me voy a privar de afirmar que me parece innegable que las que sí tienen que ver con Cristo y los Apóstoles, y están medianamente bien hechas, nos llegan con asombrosa facilidad al corazón.

De hecho, los tres puntos de los que he hablado suelen darse combinados con cierta frecuencia. En esto consistió el éxito de la primera trilogía de Star Wars: Cuando parece que el Imperio va a ganar, los rebeldes revientan la Estrella de la Muerte (pasión, muerte y resurrección); Han Solo y Darth Vader son malos (un contrabandista y un señor oscuro) y se hacen buenos (conversión de los apóstoles); la Alianza Rebelde parece un grupo de amigos (además, los protagonistas forman una auténtica pandilla de amigos), que se enfrenta a un reto imposible, un todopoderoso Imperio (como lo fue en su día el Imperio Romano)… Es más, los paralelismos con Cristo van más allá: Anakin Skywalker, el elegido para llevar el equilibrio a la Fuerza (lo más parecido a la redención del Mundo que puede haber en Star Wars), nace de una virgen que además es pobre, es trabajador manual (Cristo fue carpintero, pero en la galaxia de Star Wars quedaría raro un carpintero, así que Anakin es un mecánico), en un planeta que es “un rincón perdido” de la República (como Belén era “un rincón perdido” en el Imperio Romano)…

¿Por qué la vida de Cristo y los Apóstoles conectan tan bien con el corazón de los espectadores/lectores? Que cada uno dé la explicación que crea más acertada. Yo tengo la mía, pero en este artículo sólo quería plantear el “qué”, no el “porqué”.

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