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El silencio nocturno recorre la gélida ciudad

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El silencio nocturno recorre la gélida ciudad sin esperanza. Hileras de luces rojas adornan la vacía Castellana, decaen y se vuelven verdes. Pasado un minuto, ascienden nuevamente y se enrojecen, en un ciclo sin fin.

Árboles de diversas especies bordean la calle y algunas de sus hojas bailan nanas… ¿No se han enterado? Todo está perdido, ¡dejad de bailar!

Oscuridad anaranjada donde las farolas aún brillan, negra donde las sombras ya celebran su victoria aplastante.

Torres de pisos en cuyo interior el sueño rinde voluntades, incluso a aquellas que un día lucharon contra las hordas del mal, incluso a aquel ejército de bondad que fue manchado por el pecado y finalmente vencido.

En las cocheras de autobuses trabajan esclavos búlgaros que ni saben el idioma, y aprovechando que estos monstruos metálicos descansan, los arreglan a cambio de miserias. En los túneles duermen rumanos. Y tres calles más allá un pobre diablo furtivo compra un rato de sometimiento femenino en el local de los neones, cerca del chaflán donde los restos de quien fuera un día humano sueñan con otro trago de vino como única aspiración vital.

En los rascacielos más altos algunas oficinas siguen mostrando sus ventanas encendidas: El diablo continúa trabajando sin descanso, sin oposición, sin nada que le detenga ya, construyendo y reconstruyendo su imperio mundial.

Por encima del amplio paisaje las nubes crecen, se ciernen sobre sí y truenan, carcajadas descaradas del Príncipe de las Tinieblas dominando la ciudad y el mundo… un mundo completamente sometido.

Grita el inventor de la mentira: “Vuestra esperanza fue apaleada, crucificada, muerta y enterrada y ahora descansa en lo profundo de una fosa común, que vosotros mismos construisteis a base de armas y guerras”. La ciudad se consume en su propia ambición, la avaricia, el miedo, los celos y las envidias hacen las leyes. ¡Ha ganado el Padre de la Mentira!

A un lado las madres entierran a sus hijos sin alimento, al otro los hombres se despedazan con bombas. Y ¡grita! ¡Clama victorioso el Mal! Los amigos desconfían, los enamorados no aman, lo que Dios unió lo desune el hombre… ¡Se jacta en su victoria el Maligno! Noche oscura en la ciudad… Los fantasmas de dioses paganos inundan el corazón del oprimido, que desea libertad para someter a su hermano… Y la tormenta se desata. Diluvia, graniza, hiela…

¡¿Pero por qué danzan esas estúpidas hojas de los árboles?! ¿Por qué no se callan? ¡¿Acaso no ven lo ridículo de su júbilo?! Son esas hojas imprudentes las primeras víctimas de la tormenta, que las agujerea, las arranca de cuajo y las estrella violentamente contra el suelo. Desdichado final para el último reducto de alegría. Ahora, ahora sí: ya no queda nada.

Cierras los ojos y sólo ves el pecado del prójimo, tu propio pecado, la puñalada del amigo, la decepcionante realidad de aquel a quien creíste honrado o sabio, tus propias miserias… Y no hay rincón al que no llegue el mar de la mediocridad.

Y esa Bestia inmunda, insaciable, cruel… Ha vencido. ¡Ha vencido! Ha vencido… La Bestia se regocija en su victoria, su conquista absoluta.

¡Oh, Julia, no hay esperanza para el hombre! Tu corazón también se encoje ante la derrota consumada. Tus ojos, ya sin brillo, también se inundan de lágrimas…

Silencio.

Luto.

Oscuridad y negrura gobiernan, tiranas, la Creación… pero… una intuición… una leve, nimia sospecha… aquí pasa algo, una pieza que no encaja, ¿no crees?

¡Escucha! Escucha… escucha el silencio. ¿Qué es eso que palpita? Parece el latido silente de ese dragón que es Madrid, durmiendo de madrugada… ¡No! No es el dragón… Es algo más pequeño… Parece un respirar… y también un corazón que bombea… un palpitar, un palpitar que sale de tu propio pecho. Eres tú. Aún respiras, aún late tu corazón… ¡Estás viva! ¿Qué misteriosa fuerza te mantiene…?

¡Escucha! ¡Escucha! Más latidos, aquí y allí, y allí, y también allí… ¡Corazones vivos por todas partes!

Parece que ya no llueve… Mira a lo lejos, ¡en el horizonte! Las nubes retroceden y una luz avanza… ¡Amanece! Pero, ¿por qué? ¿Por qué amanece? ¿Qué inenarrable poder se levanta venciendo, imparable, al mundo?

Los gorriones despiertan y pian nerviosos, excitados, ¡también ellos están vivos! Los árboles se estremecen. Las hojas que sobrevivieron a la tormenta bailan exultantes de alegría. Los ojos de los hombres se abren, las conciencias despiertan. Incluso tus pupilas vuelven a refulgir azules.

Las hojas que cayeron aplastadas en la tormenta, aquellas que bailaron la esperanza en mitad de la noche, cuando la tristeza era tan grande que no se podía ni llorar… son ahora elevadas desde el suelo por la brisa matinal, bailan el triunfo definitivo, danzan por los aires al son que les marca el Nuevo Viento que recorre la ciudad. Las heridas de tu corazón ya no duelen. Quieres cantar y reír y abrazar a la gente. Tus ojos se inundan de lágrimas, otra vez… sí, pero en este renacido presente lloras de alegría y como acto reflejo tapas con las manos tu incontenible sonrisa: acabas de ver las hojas, antaño humilladas, hoy ensalzadas, pasar por delante de la ventana, y de pronto entiendes qué querían expresar con su baile: “Cuando más oscura parecía la noche, más cerca estaba el amanecer”.

Y es que una prostituta lo va anunciando. La rumana Magdalena recorre la ciudad gritando como una loca, exultante, camino de una nueva Galilea: ¡Está vacío! ¡Está vacío! ¡El sepulcro está vacío! ¡Ha resucitado!

Canta, baila, ríe, anuncia tu alegría al mundo, Julia: ¡No hay noche eterna! ¡Al final regresa la Luz! ¡Todo acaba bien! Al final, todo acaba bien. También murió y resucitó por mí. También murió y resucitó por ti. El sepulcro está vacío. Es hora de anunciarlo.

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